marquesdelacienaga

Es peste a cular regadío de versos secos encharcados en la ciénaga 'No conozco otra conciencia que la oscuridad translúcida, la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se acuesta. Vivo separado del rumbo de las cosas, hablo del miedo de un heredero alzado contra el funesto monarca de las ciénagas' Juan Carlos Mestre

Aceitunas X

La muchacha ahogada en su propio jugo ha de gritar.

Ha de gritar loca de fuego,
haciendo gorgoritos,
ha de gritar borracha de lava,
ha de gritar hasta llenar de sal las ciénagas,
ha de gritar con el útero materno,
ha de gritar ahogada frente al muro de Ceres:
'otoños-otoños-mamá-otoño-
ha de gritar debajo del puente,
subir al cielo,
y romperse los nudillos
sangrando una estampida de bisontes cojos,
ha de gritar frente a las puertas cerradas
con cerraduras tan grandes como una pradera llena de teatros
donde los arlequines
se atragantan con meteoros
rasgan su voz
como este canto de 'paz-paz-ciruela-paz'.

Porque queremos liberar el ritmo de tocadiscos prisioneros,
arrancarle los oídos al sacerdote sordo en el confesionario,
y que shiva nos absuelva de todos los futuros que gritan más que la muchacha.

Grita, niña.
Grita y luego duerme.
Ya no queda nada.


Aceitunas terapéuticas IX


No sé si eres una amante o una manzana en su punto álgido,
a punto de caer del árbol,
y luego la gravedad,
y luego las picaduras de lombrices,
y el humus de la tierra
y luego las picaduras de los pájaros

-estas guapísimo cariño, pero me siento débil-

En ese preciso momento
de manzana fecunda caída en tierra,
descompuesta en astros,
que asienten ante el  nacimiento de la nueva semilla

que piden silencio al rumor del bosque porque va a nacer un árbol.


2-

Nadie nos habló de las ciénagas
pero hay voces tan profundas en este mundo
que perturban el inmenso silencio de los astros.
Aquí hay un corazón que es un marqués que habita
los rotuladores del dibujo incompleto desgarrado.
Hay corazones que tienen forma de zapatos.
Supongo que no son como el resto aunque no quiero que lo sean.
También  hay amantes con forma de frutas maduras.
Esa eres tú,
 la mujer manzana fecunda gritándome
-estás guapísimo cariño pero me siento débil-
y luego la gravedad
y luego las picaduras de las lombrices
y las picaduras de los pájaros,
caerás,
y  serás el humus que alimenta la tierra,
te descompondrás en astros

que asienten silenciosos ante el nacimiento de un nuevo árbol.

Aceitunas terapéuticas VIII

Levántate.
Te ofrezco la aceituna terapéutica 
al filo de tus labios de navaja.
Vamos.
Deslízala traviesa desde tus dientes rompeolas
hasta el fondo del volcán.
El bote de cerveza helada enjuagará
el hilo de verde sangre,
Entonces nos besaremos como trenes paralelos 
al cruzarse en la estepa rumana,
nos besaremos dándonos de comer y de beber
y luego el vino blanco
y luego ven bebé que te llevo en mi moto de cuatro estaciones
(y una ventana de repuesto en el garaje)
y necesito que te agarres bien fuerte 
para sostenerme en tus labios de navaja.
Recorreremos el filo punzante,
tus 25 playas y medio verano desgarrado,
rajaremos carreteras,
dejaremos atrás países independientes
y otoños en las ventanas. 
Ven.
Puede que los forajidos me disparen 
pero tengo una lata de atún en el pecho,
puede que nos piquen los mirlos tifoideos en nuestra ruta,
porque desprendes las esporas de un jardín de tubérculos
sembrado en  la selva amazónica de tu pelo negro.
Y si llegamos te prepararé algo de helado
o una pera y ya sabes kiwi,
y recogeré  la cintura del vestido amarillo
con mis brazos de río profundo
y allí lavarás los pies y tenderás la ropa.

Y así,
rajándonos,
llegará el atardecer y nos dará miedo,
tendremos que volver y nos dará miedo,
porque ninguno de los dos hemos descansado del todo,
así,
en el filo de las cosas,
nunca nadie ha descansado.

Pero aún nos queda gasolina,
amor,
y carretera en la nevera
y más aceitunas como estas.
                                                        

Aceitunas terapéuticas VII

Se le ha caído a la niña tubo el rotulador que le dejaste
al fondo del mar,
ahora la niña quiere ser pez,
y recuperar todos los cisnes perdidos en la Atlántida,
y quiere el pez ser un tubo para conectarse con el fondo del mar
y liberar a todas las niñas que perdieron sus dibujos inacabados.

En ese esfuerzo del pez al rascar las costras de la tierra,
En ese esfuerzo de la niña en su búsqueda
En ese esfuerzo de ambos de hurgar en el fondo
En ese esfuerzo, han despertado el aullido de un volcán en duermevela.

Y ahora el agua hierve.
Quema.
Ahora que nos bañamos con piedras volcánicas
tal vez dirán de nosotros que nos quisimos hasta hirviendo,
que en el agua caliente ablandamos los fondos de nuestras pieles,
abriendo los cráteres de nuestros volcanes más profundos
allí donde se escondían los puntos negros  del amor.

Y así hurgas en mí estrujando los astros de mi frente,
y así erupcionó mi rostro mostrando algo oculto:
el dibujo de la niña y un rotulador gastado.

Aceitunas terapéuticas VI

''Quiere que invente'' José Viñals


Quiere que invente un pez sin branquias ni tempestades.
Quiere que invente dentro del pez un mar sin peces.
Quiere que invente un mar donde mojarnos los pies,
después de una paella que nunca fue suficiente.

Quiere que invente porque no puede el aire arrancar
las perlas muertas sobre los pulmones astrales del tigre.

Pero dentro de tu carne 
está la gran plaza vacía:
con un pez dentro de una pecera donde se ve también el mar como una cárcel,
con un tigre encadenado a las raíces del sauce
y un jardín de tubérculos en los bordes de la plaza que hacen frontera con
el amor que derramaste por mis ojos como agua salina,
y cuidando de la plaza, como un país independiente, está tu ternura vigilando todo aquello.

Y sé que dentro de ti,
hay un silencio de trenes
y que aún te quedan fuerzas para pararlos, y también te quedan fuerzas 
para liberar al pez y al tigre,  hacer crecer los tubérculos como sauces,
y para abrir las fronteras 
y montar una fiesta para todo el pueblo
donde haya raciones de paella suficientes.

Aceitunas terapéuticas V

Te cocinaré

las grietas del sol

en un horno volcánico,

y antes de la erupción,

 cerveza en tus labios

y aceitunas menos terapéuticas que todo estos poemas

en un tarro ansiolítico que parecía una luna, pero no,

y luego la merluza con cebolla dulce en sus pliegues incrustada

como mi lengua se incrustaba a tu herida

-también nos podrían haber cocinado a nosotros así, hurgándonos--



Pero mi dolor sangraba en el postre

cuando dos ojos eran digestivos,

y tus manos eran dos países independientes

y nuestros cuerpos el temblor de cielo estomacal de los astros,


y ahora que paladeas el sabor de la lava  en aquellas noches,


ahora vuelve al poema y relámete,


llena tu boca de lágrimas y enjuágate los alaridos.



Aceitunas terapéuticas IV

En el suelo de la tienda reposan,

el rotulador seco descapuchado,

el volcán casi garabeteado a medio hacer,

y dos cuellos de cisne buscándose

como la brisa busca esta ciudad

que iba a erupcionar en cualquier momento,

y se escuchó un rumor de voces antiguas ya

y después la lava

y ya no eras ni mujer, ni poeta, ni tan siquiera una hoja,

y al desenterrar tus trenzas

tres lunas de castigo y un reloj de cenizas por dibujar

y a llorar,

y la chica tubo lloraba porque le daba la gana,


y tú llorabas gritando tu nombre y  protegiendo a la niña


apagasteis el volcán con el llanto de los cisnes entrelazados.