marquesdelacienaga

Es peste a cular regadío de versos secos encharcados en la ciénaga 'No conozco otra conciencia que la oscuridad translúcida, la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se acuesta. Vivo separado del rumbo de las cosas, hablo del miedo de un heredero alzado contra el funesto monarca de las ciénagas' Juan Carlos Mestre

Todo el mundo tiene derecho a tener una nacionalidad

Todo el mundo tiene derecho a tener una nacionalidad

En los cafés de Granada, digo, en las tabernas,
siempre se podrá hablar de Cataluña,
no estarán los huesos de Lorca cuando volvamos,
ni su sobrina Laura, ni el gitano de Morente,
ni mi moto Manoleta, ni tan siquiera mi padre,
ni el viejo Pedrito enunciará la humilde
necesidad de distorsionar los sentidos para ver.

Pero de qué otro tema podrá hablarse,
-digo yo, hace tiempo que estoy lejos-
tal vez de que el culo de la Guiomar
es como una gitana virgen pariendo
atardeceres, en la ciudad de los atardeceres
larguísimos, como el discurso onanista de Clinton
frente a la Alhambra, como el canto de Boabdil en la Torre de la Vela.

No creo que el quejío lo haya dicho todo,
no ha dicho que Dios no es la espiga ni el minuto,
ni la azarosa historia y sus abismos,
no ha dicho que el perro andaluz
era un siervo despeñado por un barranco desde una torre,
y así se marcan los límites de la península.

En los cafés de Granada, digo, en las tabernas,
de qué otro tema podrá hablarse,
de que los rascacielos opacan los atardeceres
en las ciudades donde emigramos,
(Madrid, Londres, Luxemburgo,California)
porque aquí ya no queda vino que llevarse al gaznate
y así no hay quien se masturbe ni quien llore cisnes,
que los compadres no criaremos a nuestros hijos
bajo estos atardeceres rojos
bajo estos paredones
bajo este palacio,
que el culo de la Guiomar está sentado en un avión
y ay qué pena señor, ay qué pena,
que están naciendo atardeceres más allá del meridiano,
pero no, no se parecen a nuestros hijos,
que volveremos a vernos cuando
la procesión del Cristo del Silencio
calle, por un momento, a toda la ciudad,
y no se hablé más en las tabernas
de lo mala que está la cosa por Cataluña,
porque eso ya lo sabemos,
por eso allí no emigramos.

Y no se hable más del miedo de seguir estando vivos, la culpa de morirnos para nada.

Todo el mundo tiene derecho a estar en silencio



Hay una paloma muerta en el tejado.

Los gatos no llegan.

Los lagartos del edificio

no comen carne pútrida,

el sol no va a evaporarla,

las palomas no cantan, si cantaran

harían más alegre el edificio,

harían un corro en torno a ella

y le darían un entierro digno.


El cielo azul.

El cielo azul



los adolescentes estudian y se masturban
orbitando en sus sillas giratorias autoajustables;

el polaco del apartamento de abajo pinta su boca de carmín
y muerde, muerde su ración de pollo frito,

los diez inmigrantes casados con otros doce,
adiestran al colibrí que cazaron con el lazo para que cante,
mientras ponen el pollo al horno y cantan las canciones del subterráneo,

el cielo azul,
el cielo azul,

y el hombre del colt-45 agazapado
siente los navajazos del frío
y bebe agua a morro del canalón


el cielo azul
el cielio azul nevado

y una paloma muerta congelada en el tejado,

en posicición casi erguida

como si fuera a anunciar

con su último canto

la llegada del invierno.


Y nadie la va a recoger.












Todo el mundo tiene derecho a equivocarse


Si Adán contara esa ternura, si contara Adán,

gloria a los muros que fueron besados,

allí, las manzanas partidas gimiendo sierpes.


Si Adán contara esa ternura,

si supiéramos cuando el trigo es pan,

gloria al pan cuando está pecado.


Si Adán contara esa ternura,

dime quién impidió cortar su lengua,

¿dime quién fue dios sin haber sido tierra?

El primer perro era un lobo




Ese primer lobo quiso ser perro,
habrían de interrogar al muro,
clamarían por la absolución del pan.

Ese primer lobo quiso ser perro,
lunas en nuestros cuerpos sollozando
absolverán a la lluvia por pecar.

Ese primer lobo quiso ser perro,
la ventaja de la pupila rayada
¿hay algún dios que haya sido tierra?

Receta para resistir la ciudad en posibles días de lluvia


Para resistir en la ciudad se necesitan dos ingredientes: memoria e imaginación.

Es un plato fundamental para las posibles tardes de lluvia cuando se desgarran los otoños y duele.

Imaginación. Ponga cuatro o cinco ventanas de las que apenas dan consuelo, o no lo dan tanto como en otras estaciones. Es recomendable que sean de esas donde viven doce inmigrantes casados con otros trece. Algunas ventanas guardan en sus espinas reflejos de niños jugando calle abajo a 'a ver quien caza más colibríes con lazo'. Tenga cuidado, algunas ventanas pueden contener trazas de muslo hermafrodita y hervido colibrí. Absténgase si tiene dudas del suelo que pisa. Deje en el fuego hasta que truene, el viento quiebre el árbol y los embalses del dictador se desborden. El sonido de la ambulancia le avisará que ya está listo.

Memoria. Busque en la despensa la memoria picada. Aquella que de tan seca es casi polvo. Separe las huellas del que labró su apellido. Es importante que sean de aquelllas de quien para aprender a leer hizo quinientos kilómetros en burro y luego hizo un poema para el burro, el burro se comió el poema  el abuelo se comió al burro. El enfado del dueño del burro le dará un aroma muy tradicional. Reciba las primeras gotas de lluvia en su mano y acaricie levemente la memoria. Mezcle en olla de barro cocido, construido por José el albañil, hijo de albañiles y padre del hijo de dios.

Sirva cuando esté diluviando.

Riéguela con caldos de lluvia exprimida pero no se empape.

Ponga una aceituna a la memoria de su abuelo.

Imagine que no llueve.

Sírvalo en plato de padre.

Esta receta no sacia la soledad pero la limpia.

La asimetría del padre


Hay un hombre muriendo solo y grita.

Y yo una vez estuve cerca de la ciencia,
estuve observando la naturaleza desde otros ojos,
a mi abuelo le había tocado la lotería,
y miles de gallinas e derramaban por sis clítoris,
quería verificar que iban a ser sus hijos,
pero cuando miré ya se habían derramado
en la asimetría del padre barriendo las cáscaras.

Insiste la estampida de bisontes rayando
mis pupilascon el ritmo metalúrgico de su trote
y mi cabeza torrefacta borbotea lo que iban a ser los buenos días.

Insiste.
Insiste el ruido.
Insiste el ruido de miles de gallinas quebrando sus espuelas,
sus frentes contra las paredes de su cielo.

Para poder hacer de gallo,
tendrán que hacer de vientre
y luego la sacudida de la jaula,
los que iban a nacer están en el suelo
y la asimetría de un padre barriendo.

Ese es el hombre.
Ese es el hombre que muere solo y grita.

Vaya cuento tiene el pato



‘Un nervio lo embiste en la zona de la nuca’ Gonzalo Hermo.

He elegido ser Dios
 en la dicotomía entre pato y cisne.

Un cisne arrastra 
la condena del cuello encorvado, contemplando
con ojos de gorrión la revelación desplazada del agua:
cisnes multiplican cisnes. Se dicen ‘Tú eres, tú eres’.


Él también lo sabe, no hay belleza posible,
solo sequía, para el que con alas mugrientas 
espera a través de un invierno los gemidos
de la penetración del agua en la tierra,
para poder nadar un rato.

Dios, haz que ocurra el milagro del agua.

Hágase la revelación de la lluvia en la concesión del rezo

y déjele un charco al ave.

Si el pato nadase,
Si contemplase su reflejo de cisne con el cuello encorvado
y un nervio le embistiera en la zona de la nuca,
y picotease su imagen saciando el pico de sed
cuando en realidad
el pato tan solo tenía hambre.

Por eso, solo Dios, por eso.
En la dicotomía entre pato y cisne:
prefiero ser la lluvia que llena los pantanos de espejos.